Sacó su cabeza por la ventanilla y dejó que luces a cientos de miles de kilómetros por hora resbalaran por su cara. Sus pelos se horizontalizaron al compás de un viento físicamente relativo y sus ojos se alargaron de felicidad. “Sacad el perro de la ventanilla”, gritó el conductor.

Le dije al gato que no sabía qué hacer, que el mañana se me antojaba desesperadamente terrible. Él me dijo que miau, que quizá lo mejor era miau miau, y en todo caso, miau. El gato tenía razón. Me tumbé en la hierba que gritaba fiuuu y olvidé todo futuro.

A Juan se le alargó todavía más su sombra cuando sonaron las campanadas de las ocho. La sombra debía andar por los tres metros y pico, dos más que a las cinco y media y tres más que a las cuatro en punto. “Ésta ya no viene”, pensó desolado.

Amparo no se sorprendió en demasía cuando al geranio le dio por hablar. No le pareció irracional ni falto de cordura que esa plantita tuviera sus cosas por decir. Al fin y al cabo, sus hortensias llevaban años cantando y nadie parecía asombrarse.

Decidí recubrir y forrar todos los objetos de mi casa con una foto mejorada de ellos mismos. Luego recubrí esas fotos con otras fotos mejoradas de las anteriores y así succesivamente. A cada paso, mejoré la realidad tapándola con otra más ideal. Así logré separar lo vivible de lo deseado.


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